Project Description
Una vecina o un vecino no es solamente alguien que vive cerca.
No basta con compartir pared, escalera o código postal. Una vecina no se mide por la distancia exacta entre dos puertas, sino por una forma de estar disponible en la vida de las otras personas. A veces es un saludo repetido durante años. A veces una bolsa de compra subida hasta un cuarto sin ascensor. A veces es recoger un paquete, vigilar una persiana bajada demasiados días, preguntar si hace falta algo, prestar sal, quedarse cinco minutos más en el portal porque alguien necesitaba hablar o hacerte un día la merienda.
En barrios como La Rondilla, la vecindad ha sido una manera de construir mundo. Cuando muchas familias llegaron aquí en los años en que el barrio empezaba a levantarse se compartían rellanos para jugar y pasar la tarde, herramientas, el teléfono fijo, noticias, favores pequeños y urgencias grandes.
Hoy el barrio ha cambiado. Hay nuevas lenguas en las ventanas, productos de muchas procedencias en las tiendas, otras formas de llegar y de empezar de nuevo. Pero la vecindad sigue siendo una lengua común que se aprende despacio. Saber el nombre de quien vive enfrente. Reconocer el paso de alguien por la escalera. Entender que preguntar ¿qué tal estás? puede ser una forma de cuidado muy importante.
A veces un vecino es la primera persona que hace que un lugar deje de ser extraño. La mujer que explica dónde está el ambulatorio, la persona que recomienda la frutería de calidad y buen precio, quien traduce una dirección, quien dice “si necesitas algo, llama”.
A veces ser vecina significa saber que alguien existe y aceptar una cierta responsabilidad mutua. Por eso, cuando hablamos de barrio, casi siempre estamos hablando de vecinas y vecinos. Y quizá por eso también una ciudad se vuelve habitable no cuando tiene más edificios, sino cuando hay personas que te llaman por tu nombre o te sonríen al cruzarse contigo.
¿En qué vecina o vecino estás pensando al leer esto? Se lo podías compartir…